Tribus Urbanas
LUCHANDO POR EL CHUPÍN

Buenos Aires Sos (BAS).- Octubre 2008.- (Por Luis Paz).- Los multimedios se anoticiaron de repente sobre el fenómeno de las tribus urbanas, denunciaron la “sponsorización” de la cultura y alertaron sobre el acecho de una juventud que no halla sentido en nada. Agencia NAN sólo propone otra hipótesis: que el Pepsi Music 08 fue un espacio donde claramente (pero no expresamente) se manifestó una puja por un tipo de capital simbólico que hoy día aparenta haber perdido todo sentido político: la vestimenta.
Toda congregación
más o menos importante es un campo de análisis a tener en cuenta a la
hora de investigar tendencias. El Pepsi Music 08 (PM08) fue también
eso: un espacio donde sondear prácticas de consumo y uso de grandes
grupos de jóvenes adultos ligados a cierto reconocimiento en el rock y
en el consumo de cultura de rock; un laboratorio donde
manipular la variable Bandas, dejando las de Espacio y Tiempo
inalteradas, y regalándole la Climática al azar y la ciencia.
A la luz de sus diez jornadas --nueve de festival y una de apertura-- el PM08 demostró al chupín como la prenda fetiche de un proletariado festivalero
con aspiraciones de clase rockera. Se señaló cierto “elitismo” encarado
desde el valor de las entradas, para alejar la posibilidad de
participación del proletariado inadaptado a los festivales, pero --como señaló el guitarrista de una banda que se presentó en el festival-- “hoy un pibe que trabaja en un call center
puede pagar esos precios”, que oscilaron entre los 60 y los 110 pesos
según variables de segundo orden: la anticipación, la fecha a la que se
quería tener acceso y la nacionalidad de las bandas. Y que incluyeron
el valor agregado de la "posibilidad" --impracticable, pero en teoría
existente-- de ver a 20 bandas en una jornada.
Chupines de todos los modelos, marcas y colores tuvieron allí cuatro cumbres: los skinnyjeans de los indies de The Hives y Stone Temple Pilots; los chupines coloridos de los floggers de Babasónicos; los bombilla
negro azabache de los emo-góticos de Nine Inch Nails; y los jeans
rectos, ajustados y desteñidos, de los metaleros de Mötley Crüe.
Actores distintos, de tradiciones y rituales diferentes, que como tales
pujaron, sin manifestarlo, por un capital que aquí es simbólico.
Por casualidad o no, las cuatro cumbres fueron decantando del uso tribal de los indies al uso para la resistencia de los metaleros, pasando por el uso consumo flogger
y el metafórico --pantalón chupado, persona triste-- de los que fueron
a NIN. Eso lleva a que, en perspectiva, la mayor credibilidad se la
lleven los neogóticos tecnoindustriales y los metaleros obreros
industriales, que son en definitiva (a falta de una fecha punk per sé) quienes deben resistir su hegemonía sobre el chupín rockero pese a los embates de los emergentes floggers e indies.
Y la mención al punk se hace porque sus artífices le dieron uso, función, sentido y significado al pantalón pitillo
antes que cualquier otro género o artista, teniendo en cuenta que el
hippismo y la psicodelia no le aplicaron un sentido político. Sobre
este tema el sitio PunksUnidos.com.ar publicó un artículo muy interesante hace algunos años: "Estética punk". El sentido político del pitillo punk es claro: demuestra la imposibilidad de consumo de sectores sociales privados del derecho a decidir sobre la vida útil
de una prenda; y contrapone las patas de zancudo de la juventud
desocupada a las panzas llenas de las monarquías parlamentarias
(“Pretty vacant” de Sex Pistols, como continuación de la denuncia de "I
am whe walrus" de Beatles). Y ese sentido (el del chupín) se suscribe
en una suerte de macrosentido de la vestimenta, donde el alfiler de
gancho demuestra la imposibilidad de costear un sastre tanto como la
desazón de aquella juventud en un sistema político y económico que
intenta dormirlos por fuera del trabajo, reducirles las fuerzas para,
incluso, coser lo descosido.
La lucha por el chupín es
simbólica, pero al convertirlo en tótem deviene social, en una lucha
por el status que confiere tener uno. En ese sentido, el PM08 reprodujo
con el paso de sus cumbres chupineras la conducta histórica de la Humanidad: del estadio tribal en el que están (por haber tenido un desarrollo más tardío) los indies, aún definiendo usos y costumbres; a la cosmología flogger
(cámara digital, chupin, escote en v, celular), sumidos en el consumo
de clase; a la religiosidad neogótica, con un estadio más avanzado de
abstracción para figurar una estética textil en torno de su
padecimiento; y lo industrial, la enajenación del hombre por la máquina
y no el uso ritual de Trent Reznor.
Sumando el dato curioso de
que los metalúrgicos son el gremio más grande del país, la resistencia
pesada pudo más en la puja por el chupín que la liviandad del Ser
fotográfico o la indigencia de los indies al respecto de tener su lugar en el rock. En buena parte por mérito propio, pero también por incapacidad ajena.
El caso del chupín flogger
tiene las contradicciones lógicas del capitalismo y manifiesta la misma
tendencia de la historia del Arte de definir siempre a un producto
cultural totémico por su inmediato anterior. Sólo que en lugar de
Impresionismo-Expresionismo aquí el chupín trasciende a su opuesto, el
pantalón de tiro bajo, el conocido muestraculotte, prenda
interior femenina que no tiene que ver con los revolucionarios más
radicales en aquello de la libertad, igualdad y fraternidad. Es decir,
el chupín flogger es entonces un movimiento de consumo, una
moda, y como tal precisa de construir contrahegemonía antes de osar
siquiera asomarse al taller mecánico.
El caso del skinnyjean indie tiene que ver con conflictos de poder hacia el seno del grupo al no tener un exponente definido. Que el suplemento No de Página/12 haya podido dar cuenta de la existencia de al menos dos vertientes (el indie
cabeza y el careta) en esta pujante tribu urbana es botón de muestra.
Pero a la vez hay una diacronía entre la realidad del jean nuevo y de
primera marca y la apariencia de dejado, de abstraído, de conceptual,
del joven indie. Una contradicción de apariencia contraria a
la que Walter Benjamín señala en el uso de falsificaciones. Aquí lo que
otorga status no es la obra por exceso (una copia como tótem tanto como
un original) sino por defecto (en la degradación textil del vaquero,
prueba a la hora de decir: “yo los uso desde el ‘97”).
El
neogótico está más retirado de la puja. Sabe que por falta de fuerzas
(no bélicas sino anímicas) está en desventaja. Son para los metaleros
lo que la burguesía fue en Francia para la Monarquía: la primera
infantería, esos a los que hay que capturarles la bandera de escolta
del pantalón bombilla negro azabache para luego ir a por los
abanderados del chupín de cuero y el jean recto ajustado, con las
llaves de la moto colgando de la presilla, del Señor Feudal.
El
azar climático propició una llovizna en la jornada que encabezó
Babasónicos y una lluvia densa en la que cerró Mötley Crüe. ¿El
resultante? Quejas porque se iría la planchita de los
flequillos en un caso; y boca abierta para beber la lluvia provocada
por el Hada del Metal en el otro. La variable Clima se convirtió así en
K, una constante sin ingerencia, que refuerza la idea de resistencia
(al agua) de un chupín de cuero o de un recto impermeabilizado con
líquido de frenos.
Por un análisis práctico, metódico e
histórico, habrá que ver que el PM08 fue un importante campo de batalla
en la lucha por el chupín. Nadie lo oficializó, pero los cortesanos de
cada fecha se encargaron de señalar que “quería el mismo pantalón pero
no había talle” y que “estos pibes ahora usan chupines” cuando otros
–-los que ya no son pibes, en una aristotélica definición por oposición
-- lo hicieron “los últimos 20 años”, poniendo en evidencia la puja
real por ese capital simbólico, el proselitismo rockero, la aparición
de nuevos actores sociales en la cultura recitalera, el conservadurismo
y el progresismo de la escena.
Es cierto, ha pasado poco tiempo
desde el PM08 para que las marcas lo asimilen, pero en esto ya hay una
nueva tendencia propuesta (y las más de las veces impuesta) a nivel
mundial: que tras el muestraculotte y el chupín, vendrá el pata de elefante.
Lo más probable es que algunos se abran y que la discusión simbólica
por el chupín se abandone. Aún así, lo sucedido en el PM08 sirve para
entender que este para algunos “novedoso fenómeno” de las tribus
urbanas sí tiene un campo de discusión, el simbólico, encarnado en la
tecnología como deidad y en los shoppings como capilla, pero también en
el uso calificado de un pantalón apretado. (Publicado en www.agencianan.blogspot.com/)