Un rastrojero, pan humeante y La Paternal
LOS LABIOS DE UNA MUJER SE PIERDEN CON EL TIEMPO

Buenos Aires Sos (BAS).- Abril 2008.- (Por Alejandro Chass).- Villa del Parque y La Paternal no son Parque Chas. Nunca lo fueron para él. Sin embargo cuando el reparto tocaba esos dos barrios, su rastrojero, modelo 1961, no daba con las calles indicadas. La perseverancia de cuatro y cinco esquinas, lo confundían siempre, como los labios de Verónica, tan carnosos, endiablados (en el hablar) y tibios en la imaginación
Roberto tomaba su trabajo diario como una
procesión religiosa. Iba lento, pausado y llegaba a cada almacén, llueva o
truene. El pan y las facturas “amasados por la abuela Josefina”, llegaban
humeantes (vaya a saber cuál era el secreto), más allá de la extensión del
recorrido, y sus repetitivos despistes con algunas cortadas de los hoy barrios
centenarios.
Pero la idea fija, el movimiento de
cuerpo-flaco, pequeños bigotes y ojos habladores-, no era otra cosa que Verónica.
Atendía la panadería en Gavilán al 600, hija de de padres judíos.
Con Roberto siempre se trenzaban a discutir
sobre los orígenes de los barrios.
“Es La Paternal porque una Sociedad de Seguros, que
llevaba ése nombre dueña de numerosos
terrenos de la zona, construyó casas para obreros, se los vendía a bajo costo.
Eran trabajadores y artesanos judíos, italianos y españoles”, marcaba con
seguridad él.
¡Equivocado!- replicaba Vero (así le decían en el barrio):”el
nombre le fue dado por una pulpería, conocida porque en ella paraban las carretas
que iban a Luján pasando por el "camino a Moreno”.
Los relatos eran eternos, como las miradas de Roberto
sobre sus labios, sobre su impiadoso miedo a decirle que la quería para él.
Cada mañana, luchaba contra esa absorbente timidez que lo ataba a la charla y
luego a cobrar y marcharse rápidamente hacia el próximo cliente.
Las hojas caían sueltas, libres, impregnadas de marrones,
ocres y amarillas por cada vereda, cada esquina, en las entradas de tantas
casas asimétricas. Era otoño. Era “su” día. A la mañana se había dicho: es hoy.
Viento, fuerte, frío urbano capitalino, esta vez no hubo
relato, fue al grano.
Esperó que no hubiese gente en la panadería, se acercó,-lentamente-,
la miró fijamente y sentenció: te voy a besar y mañana te llevo conmigo.
Verónica enmudeció se le acercó raudamente y el beso mezcló
las sales de vidas cotidianas, sus labios penetraban las cavidades. Vibraban.
Roberto partió rápido.
La vió, y con su manó le hizo una seña clara, contundente: mañana te venís
conmigo.
Nunca más la encontró en la vieja panadería “Delicias de
la Vida”.
Hoy, comienzo de otros otoños, con sus 60 años encima,
Roberto camina, baldosa por baldosa de Jonte, Gavilán, Arregui, Chorroarín, Del
Campo y hasta la renovada San Martín. La busca, la buscó casi cuarenta años.
Sus intentos son nocturnos, de día no ve. Se para breve
segundos en la vieja panadería, ahora tabicada con ladrillos hasta su altura
final y tomada por un viejo paraíso que ya casi ocupa todo el frente.
Luego, sigue su rutina. Ya ausente del presente. Sin
reconocer los fríos que vienen.
Los labios siguen quemando en su memoria. Que no quiere
apagarse.