Escritores jóvenes
MOSCAS

Buenos Aires Sos (BAS).- Febrero 2008.- (Por Sergio Fombona).- La había visto cantar en un barsucho de mala muerte la noche que le di mi tarjeta. Desde el primer momento supe que se enganchaba y al día siguiente me llamó, entonces la cité en la esquina donde me inspira encontrarlas. Yo caí un rato antes para verla aparecer, para verla pararse ahí, qué cara ponía..., en realidad para definir, no estaba seguro. Una vez de pagar el vaso de moscato me fui a buscarla, y la llevé al boliche caro que está sobre la avenida, a escasos metros de donde la hice esperar.
Nos sentamos en una mesa arrimada a la
ventana, en esa misma posición, sólo que en el bar de enfrente, minutos atrás,
había estado mirando con muy pocas ganas
de levantarme.
Espero que
venga Raúl, bah, Raúl, ahora se hace llamar El Pollo..., Pollo Aguilar; el tipo
del que te hablé, le dije. Lo conozco desde la época que seguíamos a Serú a
todos lados, dura época... Se puso contento cuando le hablé, me aseguró que
venía, que claro que quería verme, pero guarda, mejor no fiarse de nadie, por
más amigo..., tiene pilas de contactos para aprovechar, dejalo en mis manos.
-Buenas tardes, qué
van a tomar.
-Sí, traeme dos cervezas
bien heladas y tres medidas de ginebra en un vaso aparte.
-¿Dos cervezas?
-Que sean Cristal.
Entra
una mina rubia, pecosa, delgada, de ojos verdes saltones, yo la miro de arriba
abajo, no soy el único, al final me vuelvo y le comento a ésta perejil: si vos
quisieras podrías pegar esa imagen, total, sos pendeja, nada fea; ella se
encoge de hombros y saca un faso del atado que yo había puesto en la mesa: tirá
eso, le grito con voz moderada, te va a joder del todo; y, como inmediatamente
de oírla, al encontrarnos, le ordené callarse para recuperar a sus cuerdas
vocales de la afonía, sonríe, lo coloca en una hendidura del cenicero de
cerámica. El mozo trae las botellas, destapa, yo me sirvo, tomo un trago,
limpio los labios con la mano mirándolo caminar; éste es medio trolazo,
hablo para mí, y
arranco en voz alta: perder es salir segundo, ¿me entendés?, por eso hay que
mantenerse sonriente, como contenta, aunque sea para afuera, y por los rollos
ni te calentés, se arregla con escenario, mirá que podés bajar dos o tres kilos
en un show, calculá en un mes. Prendo otro faso y la veo tragar y enseguida
apoyar el vaso, soltala si está muy fría, le digo; contesta con la cabeza,
parece un animalito, puedo ordenarle
casi lo que se me cante, si después de todo ella aceptó mis condiciones al
ofrecerme para ser su manager (le aclaré de sobra que estaba entrando en el
negocio), porque adivina que conozco gente del medio, eso la trajo. MA-NA-GER
rima con DO-LA-RES... BE-SA-ME me hago la croqueta desde mi silla con sentadera
de rueda de mimbre (bastante cómoda) y disimulo, estiro el silencio
descubriendo un lunarcito en el cachete, donde el sol pega de lleno; lo comparo
con un sombrero de tanguero visto a muchas MILLAS (por mi actual laburo debo
acostumbrarme y usar rebusques a lo yanqui), desde un helicóptero que alarga su
sombra temblequeante contra un médano del Sahara. Me sirvo, y mientras estoy
tragando pinta una mosca, ella la espanta a manotazos, yo largo el vaso, miro,
le pregunto: ¿no te gustan las moscas? Sabés, los veranos siempre me tiro al
fresco a chupar una birra helada, y me quedo quieto, el mosquerío se viene y
empieza a meterse entre los pelitos, los escalan, me hacen cosquillas; yo creo
que es su modo de acariciar; algunos explican, ojo, te cagan, te ponen huevitos...,
pero por lo menos si es así lo sé, soy consciente, y esquivo lo que nos pasa
con cierta gente: al principio se muestra de lo mejor, y una vez que entrás en
confianza, te garcan con todas las letras, ¿no?
Me
callo, hago de bizco y juego con el paquete de Particulares 30, agujereo
celofán apenas acerco el faso ardiente; gruyere; tengo la impresión de que la
mayoría, hasta ese gilastro que ahora sube al ñoba, está pendiente de nosotros,
nos estudia..., ya te dije, le digo, de hoy en adelante vas a venir a estos
lugares, te vas a vestir con ropa de marca, y nos vamos a mover en tacho. Por
segunda vez pone cara de ángel y sus cachetes se inflan volviéndole la cara
despreciablemente redonda. El tipo sigue haciéndose desear, entonces, le hago
una seña al mozo, él me retruca con otra inentendible, y yo grito una blanca
más.
-Por mí está bien
-me habla como en un velorio.
-Yo
necesito un barril con este lorca de fin de año -le contesto y corro la manga
para ver la hora, nunca había esperado tanto (mentira, pienso), reflexiono en
voz alta, respaldado por su gesto de aprobación, y, arremangando la camisa de
raso negro le comento: te vi la noche pasada, y a mi entender no sale tan
mal... , ya te conté, igual me la voy a jugar por vos, pero tu manía de
afanarle yeites a la Valeria es pobre, nosotros debemos ir al origen, ya te voy
a hacer oír a la Streisand, esa sí es bárbara. Cuando veas los videos que por
ahí me prestan, te pido que le pongás tanta atención como la que éstos nos
ponen; imaginate un adelanto de lo que seguro van a darnos cuando la fama se
nos arrime. Quiero, en especial, dedicarle lo máximo posible a cómo camina el
escenario, su naturalidad (algo corta en tus movimientos), la manera de
comprarse al público..., tengo que tenerte al trote, esto es urgente, porque
guarda, uno se deja estar y el tiempo se va a la mierda, y un día ves que los
tipos ya ni te fichan, y sos basura, bosta entre muchas, dando asco. La vi
estremecerse como por un chucho de frío, y justo se acercaba el trolazo.
-Permiso.
-Traeme dos medidas
más... Espero que esté bien helada, las
otras parecían caldo.
El
mozo se fue con cara de culo y a mí me dio la sensación de que se me había ido
la mano, que me había zarpado al divino pedo, entonces, la miré y le confesé:
pero nena, figuráte, yo a tu edad era boludo, todavía me enganchaba con las
series yanquis, confiando que me iban a dejar ser el mejor jugador del fútbol
argentino, y apenas si recién la empezaba a mojar. Ahora, ustedes, si te
descuidás, afanan. De a poco retornaba a la normalidad, al rasgo rutinario
puesto desde la noche pasada, y yo, seguido de refrescarme los dientes medio
marrones, se los enseñé haciéndome el cordial, guiñándole además un ojo. Subí
la manga de la camisa, se había bajado, y noté que las agujas volaban: parece
que el turro ni va a venir, le dije, y ella levantaba las gruesas cejas negras
y las dejaba caer. Sin pensar me pongo a campañarle los aros con figura de
masita casera, al mismo tiempo veo, y le aviso, calculando que el rimmel
corrido debe ser por lo de hace un ratito. Me froto las manos,
fricción de lija,
agrego, pero ella no escucha, está metida en la cartera celeste sacando un
lápiz de labios, la polvera, una tableta con cantidad de pastillitas de color
naranja, y el delineador; prefiero callarme, ojeando hacia el montón que nos
morfa con la mirada. Termino lo mío, alzo el brazo, le chisto al mozo. Me
enferma verla arreglarse sin ningún apuro, el trolazo ficha, le digo con señas
"la cuenta" –guardá, piramos-, le mando, ella acata poniendo mueca de asombro,
junta suspendiendo a medio hacer; así que yo, saco de la billetera una moneda
de papel, me paro y, viéndola pasar como la mina de otro le murmuro que ni bien
salga procure un tacho, y justo la pesco estirar el brazo cuando con veloz
movimiento hace desaparecer un cenicero de Gancia, y sigue hacia la calle como
si me hubiera entendido. Doy el último vistazo a la barra, el mozo, desde el
fondo, me hace una nueva seña inentendible y se viene al humo trayendo la
boleta; agita, yo lo imito con el billete rojo punzó lavado (del revés lleva
propaganda de un circo), lo apoyo sobre el mantel frente a la mirada de pato
del que baja la escalera. Ahora el mozo porfía preguntándome no sé qué, y,
antes de cruzar por fin las puertas, les tiro un dope con la boca. Alcanzo a
verles las caras de infelices que se quedaron con la leche, mientras me enchufo
al taxi, la beso en los labios, y cierro los ojos abandonándome al arranque.
Los abro sin aflojarle al juego en el que intercambiamos nuestras lenguas con
poco respiro, y me doy cuenta que vamos, pie a fondo, también con poco respiro.
Calo al tachero (un tipo joven, pinta de que se las sabe todas, le estudia las
tetas a través del espejito con insistencia grave), aprieto los párpados cuidándome
de abrirlos después que ella, y le doy un frío beso a sus mojados labios para
separarnos.
-Parece
que nos corriera la yuta-, rompo el mutismo como dando cartas, relojeando por
el retrovisor su expresión alterada, de mala racha.
-Venimos agarrando
semáforos en verde -suelta a manera de envido.
-OKA, OKEY macho, tenemos
suerte que no nos persigue, si no, con ese amarillo ahora rojo, estábamos
listos -repliqué con una falta envido alejándome de sus pretensiones y de ella
en el asiento.
-Es
en el primero que nos clavamos -creyó gritar truco el pobre, pero, como se debe
estar preparado en estos casos para arriesgar sin mostrar, le
retruqué –el último diría yo, porque
hay que doblar en la primera a la derecha, y no quedan-. Se arma un silencio
tenso, y a las cuadras afloja:
Tenías razón.
-Lo hago todos los días,
calcado... Sabiendo de antemano que no
iba a mandarse un vale cuatro, perdiendo por cagón, cuando el clima
definitivamente se vistió de baño turco, (y, es Buenos Aires) hablé para
adentro reconociendo el edificio a medio terminar de la esquina de casa, y, al
tragar ese aire de vidrio bajo (hervor de sopa), pregunté: ¿Cuánto es? Para
hacerlo perder como típico gil que ni mentir puede, saco mi fardo de billetes
falsos (primera clase, no el chiste que dejé en la confitería), le enchufo uno
diciéndole sonriente guardate el cambio, y lo cuelgo ahí, con el recuerdo de
las tetas, demasiado para un fulano de estos. No pasa de una pajita, opino
mentalmente, empujándole la puerta que se estrelló de un golpazo, por avivarme
que la fichó de atrás cuando bajaba.
Entramos,
las bisagras desaceitadas hicieron su acostumbrado comentario, mi perro El Rata
se nos vino encima y la empezó a olfatear entre las piernas; yo, cerrando,
pensé en el calor, viéndola tratar casi con desesperación, de alejar al Rata,
cariñosamente. Enseguida le tiré una patada, si lo alcanzaba de lleno lo
partía; se escondió en el hueco de siempre, abajo del ropero. Ponéte cómoda que
ya vengo, le dije, y me zampé en el baño; largué como un litro. La encontré
sentada justo en ese viejo sillón, el único, que no por casualidad tenía un
resorte salido, entonces le dije: todo bien. Respondió sí moviendo la cabeza,
¿te traigo de tomar?, y volvió a contestar que sí pero hablando a la vez de
cabecear; su voz sonó a chistido, y repetí, de mala gana, que se callara, si no
no se iba a curar. Fui a la cocina y abrí una caja de tinto y una coca que
había comprado para mezclar con algo fuerte, porque hacía tiempo necesitaba
probar coca; vine y le alcancé el vaso, me senté en la silla con una de las
cuatro patas vendada, y me puse a sorber del pico (o del agujero, como sea),
viendo un cacho de género del calzoncillo a rayas salir unos centímetros (media
pulgada, hay que hablar así), por debajo del sillón. El Rata nos espiaba
sacando su hocico mojado, la boca entreabierta, el aliento haciéndose eco de
nuestra charla.Después, seguido de un largo
primer trago, la
miro, devuelve el vaso burbujeante al piso sin barrer, yo mantengo el cartón húmedo
en las manos febriles y le comento: sabés qué..., cuando era chico me daba por
decir en pleno verano, QUISIERA QUE SEA INVIERNO PARA PODER USAR EL PULLOVER
QUE MÁS QUIERO; ella se reía, pero El Rata bufaba. Por supuesto que tenía uno
para el invierno: QUIERO QUE SEA VERANO PARA CHUPARME UN RICO HELADO; la cosa
es así, si hace calor la mayoría busca frío, si no al revés, y largaba una
carcajada. Ella mantenía la sonrisa, sudaba a la par de su vaso y yo,
calculando los próximos minutos, hacía resbalar por mi garganta ese vino dulce
que me traía ideas; nuevamente abrí mi bocota: y, el final se presenta, vos lo
acusás, las cosas cambian, de golpe y porrazo se ponen distintas, y algo en uno
desaparece, pensás en un dolor de muelas y por reflejo te tocás los dientes,
aunque pinche el hígado hinchado otra vez; en tal caso la cortás un tiempito,
una semanita a lo sumo, tranquilo, comiendo como se debe, y todo sigue..., de
algo hay que morir, ¿no? Mira sin entender una mierda, eso me inspira, ni te
calentés, le aconsejo, conmigo cerca te va a ir bien. Tomo varios tragos en
uno, mientras apunto los ojos al Rata, y caigo en las espesas baldosas; igual
conozco unos tipos, sabés, le clavo los ojos también a ella y bajo el cartón al
piso, pensando que entierro una mano entre sus pelos grasientos, la levanto y
hago dar vuelta, arrodillarse; montó a caballito usando el pelo como rienda,
pega un quejido y entonces suelto, me paro, la empujo, la pateo, se sigue
quejando a lo mudita, por eso agarro mi silla vendada y le doy por el lomo...
confiá en tu manager. Parece cansada, nunca preguntó si había teléfono, por qué
estábamos acá, seguro no tiene a donde ir. Esto recién empieza, por qué lo
vamos a pudrir, le digo, trata de contestar y le sale como un cloqueo de
batarasa; me levanto camino hasta
acomodarme en el apoyabrazos; qué tarde amarilla de hepatitis, habría que haber
ventilado un cacho, con el castigo del verano, comento, y disimuladamente le
acaricio el lope, antes de ocupar a medias el asiento, de sentir sudor y un dejo
de perfume, de intentar bajerle los breteles.
-Pará,
qué te creíste -dijo ahogada, echándome a los codazos.
Dame un besito, me
hice el simpático, y ella se paró de un salto, haciendo gesto de hay que
ponerse, golpeándose una palma de la mano con el puño de la otra. La guita que
te voy a hacer ganar, le dije pensando a los gritos.
-Mucho blablá pero ni
apareció -largó con un hilo de voz, desafiante.
Estaba
ahí, con lo puesto, adelante mío, y yo despatarrado en el sillón que su gran trasero
había dejado hirviendo. ¿Te viste bien?, retruqué a propósito, estudiándola
despacito de arriba abajo, como si estuviera entrando.
-Andá, gil -dijo con tono
suspirante y dio media vuelta buscando la salida.
-Andá vos, chancha pedona
-bramé.
-Por qué no te vas un poco
a...
Trató
de gritar con una voz resucitada, desinflando el pecho, pero aquel portazo no
me permitió escuchar lo demás. El Rata, que se había quedado quieto, fichando,
empezó a chumbar cuando ella se fue. Perro cagón, hablé, y el bicho de
porquería me mostró los colmillos. Entonces lo miré yo, llevando la palma
sudada de la derecha hasta las pelotas, que sostuve por encima del pantalón.